Cuento Corto: La primaria y las rayas que no pisé

 

Cuando las señoras salen a la banqueta a barrer, el camión de la escuela pasa por nosotros. Todos llegamos a la primaria. El chofer nos va contando a uno por uno. En el pasillo de arriba, niños le están levantando la falda a las niñas y ellas les gritan de regreso. Suena el timbre y nos metemos al salón. Desde adentro la escuela se va oyendo callada.

El patio es muy grande. Salto sus rayas una por una. Cuando los cuadros son chicos camino de puntitas, cuando son grandes doy pasos largos. Si son franjas gallo gallina.

Yo vengo de otro planeta. No soy la única. Hay varias de mi edad y otras más grandes. Las cachas porque no pisan raya tampoco.

«Tú eres muy buena artista», me dijo mi papá. Por eso no piso raya, para que no se muera… si pisas, pierdes.

Cuando hay que salir al patio camino por la orilla angosta donde el piso es liso. Cuando toca honor a la bandera, entre todos llego brincando.

Un día terminaron de arreglar y pintar el baño de niñas. Las paredes de afuera ya no tenían rayones, ni los «huevos de pito» que alguien dibujó. Me acerqué desde afuera de los baños (¡¡¡El piso!!!). Los cuadros del suelo eran del tamaño del sacapuntas («mi pie no cabe ahí»). Ese día empecé a entrar al baño del prefecto. Atrás, donde están los patos.

¡¡Estás loca!!, gritó Mariana cuando me cachó. Todo el día mejor crucé las piernas en lugar de ir al baño. No pisar raya así, sí me costó trabajo.

Luego pasamos de año. El primer día de clases con las mochilas llenas en la espalda. Morrales retacados de libros. Parecíamos arañas embarazadas. El patio se llenó de niños-araña queriendo dar a luz muchos libros. Yo imaginaba abrir por primera vez mi cuaderno nuevo. En mi mente lo tocaba en la primer hoja con la punta afilada del lápiz. Sabía que la punta se iba a romper un poco de tan puntiaguda que estaba, y ni el lápiz ni el cuaderno iban a ser nuevos jamás otra vez.

Sonó el timbre para entrar. Todos empezaron a correr. Mientras yo imaginaba… ¡¡Ouuunf!!, me empujaron por el hombro (¡¡pisé raya!!). Me sacaron de equilibrio. Con la cara en el suelo vi pies corriendo y todos mis útiles desmoronados.

Esa tarde cuando llegué a la casa ya se habían llevado a mi papá al hospital. Le había dado otra vez un infarto. Me fui a mi cama. Me tapé con la cobija hasta la cabeza y me concentré para desaparecer de este mundo, del que no soy.

«¡¡Apúrate!!». «¡¡Se te va a pasar el camión!!», me despertó mi mamá como una gallina asustada. Eso era lo segundo peor que me podía pasar en la vida, que se me pase el camión. Mi papá me llevaba entonces a la escuela y cuando entraba tarde a la clase, la mirada de todos los niños una por una. Cara por cara viendo al alien. José como que vio al mero diablo; Juan reprobando con la cabeza; Israel como oliendo un huevo podrido; Mariana llorando del susto. Cuando llegas tarde todos adivinan que no eres de este planeta.

Entonces vi el reloj, 7:11 de la mañana. El camión nos recogía a varios y tenía cuatro minutos para llegar a la esquina. Me puse el uniforme lo más rápido que lo he hecho en mi vida. Agarré mi mochila y mi lonchera. Empecé a bajar las escaleras de los cinco pisos. «No se corre en las escaleras… no se corre en las escaleras…», repetía lo que me decía mi mamá mientras bajaba corriendo lo más rápido que podía. Abrí la puerta del edificio. Volteé la cabeza para ver si seguían esperando. Ya no había nadie. Solo por atrás un camión arrancando. Había una esperanza. La tercera esquina tenía un semáforo. Ese podía dar el «alto» y ahí lo podía yo a alcanzar. Me ajusté mis dos colitas de caballo, agarré fuerte mi mochila y mi lonchera y empecé a correr con todas mis fuerzas. Echaba su humo negro como un ogro cuadrado. Aceleró sin darse cuenta de nada. Yo corrí como nunca («por favor que toque el alto»). Sabía que si alcanzaba al camión y me subía, los niños harían lo que hacían, recordarle al que subió tarde lo «tonto», qué digo «tonto» lo «tarado» que es. Hasta los más tímidos y maltratados, esas veces se armaban de valor y le devolvían a la sociedad lo que ella les había dado. Pero todo antes de llegar tarde al salón.

El camión llegó a la esquina de la tercera cuadra. El semáforo seguía en verde. Ahí aceleró y se fue. Yo me paré y lo vi. Caminando de regreso a la casa sí me solté a llorar.

– o –

Estábamos todos los de la clase con goggles y bata blanca en Ciencias Naturales. Gisel era nueva en la escuela, se sentaba junto a mí. Le escribí un papelito, lo doblé y se lo pasé: «Sé que vienes de otro mundo, ¿no pisas raya o tu papá ya se murió?». Vi que lo leía y escribía, lo dobló y me lo pasó. Decía: «Sé de un lugar secreto donde hay comida. No entres a Mate y sígueme sin decir nada».

Gisel era de otro mundo, pero la tercer peor cosa que me podía pasar en la vida, era no entrar a una clase y que la maestra le dijera a mi papá. Pero siempre después de Naturales tenía yo mucha hambre y ya me había acabado mi lunch. Pero no querría ser como los «tontos», qué digo «tontos», «idiotas» que mandaban llamar a sus papás. ¡Pero comida con esta hambre! ¿Pero qué si mi papá se enteraba y se ponía tan triste que se ponía a llorar? ¡Pero esta es una amiga por fin de otro mundo! ¡¿Pero yo saltarme una clase?! ¿Pero qué si me muero de hambre antes de que empiece siquiera Matemáticas?

Cuando sonó el timbre seguí a Gisel. No dijo nada y se empezó a ir. Su pelo se veía dorado y un rayo del sol le brillaba como diamantina. Caminaba como si tuviera permiso de saltarse la clase.

Después de un rato llegamos al kínder de la escuela. Estaba vacío. Las sillas, mesas y pizarrón miniatura. Seguí a Gisel a un salón. Todo sin niños. «Aquí no hay nada», dijo. La seguí a otro y a otro hasta que encontró panqué y dulces «ten». Me llevó a unos juegos que yo no conocía. Comimos sentadas en el pasto debajo de un pasamanos. «¿Tú papá sigue vivo o no pisas las rayas del suelo?», le pregunté. «Sigue vivo. Jamás piso las rayas», me dijo con panqué en la boca, abriendo un dulce. «También le tengo que dar un beso siempre a una coladera de por mi casa y mil besos contados a mi oso de peluche, cada noche». Yo nunca había oído esas reglas, pero sabía que había que cumplirlas. Gisel cuidaba muy bien a su papá… y yo con el mío en el hospital, por mi culpa. Dejé de oír lo que decía pero vi su boca moverse. Todos los juegos y el kínder vacío se pusieron tristes. La resbaladilla, los columpios, el sube y baja. Más lejos en la primaria ya empezaba el recreo. Ahí se oían niños que creo sonaban felices.

– o –

Un día sin darnos cuenta empezó a hacer calor. Ya nadie se ponía suéter. En esos días a Gisel y a mí nos daban más ganas de irnos corriendo al kínder.

Yo ya sabía cómo hacerle para que ninguna maestra te cache. Con la espalda pegada a la pared, nos íbamos todo el pasillo desde el 4B hasta la dirección. Esperábamos a que conteste el teléfono la secretaria para que no nos vea y ahí corríamos hasta las escaleras. Agachadas subíamos hasta el kínder y ahí caminábamos disimuladas hasta la puerta de atrás.

Yo entraba a salones y ya sabía dónde buscar. Ya era una experta también. Sobre el pasto sacábamos lo encontrado y comíamos debajo del pasamanos. Un día llevé mi cuaderno y mi lápiz. Hicimos caricaturas de los de la clase. Cuando le enseñé a Gisel la que hice de Mariana, se rió tan fuerte que se hizo para atrás y se pegó con el pasamanos. De verla reír así casi me hago. Lástima que de reírnos tan fuerte, cuando abrimos los ojos ya estaba la maestra de Mate parada junto a nosotras. Nos veía para abajo. No sé cómo supo. «Tráeme esto firmado por tu papá mañana», me dijo mientras agarraba mi cuaderno y escribía con su pluma: «La dueña de este cuaderno no entró a clase de Matemáticas por estar dibujando».

Esa tarde le pedí a mi papá que lo firme. Vio la nota y también la caricatura. «Me siento muy decepcionado», mientras firmaba. «Tú puedes hacer mejores dibujos que esto».

Empezó a hacer frío en la escuela. Nunca regresamos al kínder. Alguna vez, mientras la maestra de Mate escribía en el pizarrón, imaginé que otras dos niñas se sentaban en el pasto a comer dulces y hacer caricaturas. Una se pegaba en la cabeza de reírse y la otra de verla reír así casi se hacía.

Esa noche escribí en mi diario:

 

Recordatorio para mí

Si mi papá se muere, mi hermano y yo nos vamos a quedar con mi mamá, lo más seguro. Ella llora y grita mucho pero hoy más, sobre todo después de que me pegó. Llegó a mi cuarto pidiéndome perdón. A mí nada más me dolía la cabeza porque hoy sí vi estrellitas. Me agarró de los pelos y me aventó contra la pared. Creo que no le gustó lo que yo quería, mover mi cama para que viera hacia la puerta de mi cuarto. Ella dice que si la pones así te mueres. Que así sacan a los muertos, con los pies para adelante. Si nos quedamos solos los tres, recordatorio de vivir yo con casco.

 

Un día supe que era otoño, porque desde la ventana de mi pupitre vi de lejos que el prefecto traía su bufanda azul. Sacaba con una red las hojas secas del agua de los patos.

La banca de Gisel estaba vacía. Así se quedó. ¡¿Habrá pisado raya?! ¡¿Se murió su papá?!, o ¡¿Se la llevaron a otro lado sin dejarle escribir una carta para mí?! Yo creo que no tuvo de otra y se fue para siempre a su planeta. Luego, cuando me llegó su carta, supe que la habían cambiado de escuela ¡Cómo me gustaron las estampitas que le pegó! Pero como sea se me salían las lágrimas.

Mientras la maestra hablaba, se oían los árboles moverse fuerte con el aire.

Cuando salí del salón sin Gisel vi que las hojas de los árboles caían. Estaban cubriendo el piso del patio, ¡¡y sus rayas!! (¡¡las rayas se cubrían!!). Ese día daba el sol. Sentí que los árboles con sus hojas-cubre rayas me invitaban a quedarme quizá tranquila en este planeta. Sin saltar.

En el descanso lo de siempre, unos futbol, otras matatenas, por allá resorte. Yo oía crujir lento una por una las hojas que pisaba, las que no dejaban ver ni una raya. Varias niñas dibujaban en medio del recreo. Una me vio. Le daba el sol. Desde lejos sonrió y me llamó con la mano. Yo caminé hacia ellas, atravesando con mis propios pies el patio de la primaria.

Texto: Helen Blejerman

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s