El Inventor

“Tienes la cabeza llena de nuevas ideas ¡úsalas!” Eso me dijo una galleta de la suerte a los 8 años y desde entonces no he dejado de hacerle caso. Ahora tengo 52 y la gente del edificio donde viví desde pequeño me conoce como “el Inventor” aunque yo prefiero que simplemente me llamen por mi nombre: Eugenio.

Mis padres hicieron hasta la imposible porque tuviera una educación, a pesar de muchas veces no tener dinero por el gasto que representábamos yo y mis 4 hermanos. Un día, justo después de haber abierto la galleta de la suerte aquella, la estufa de la casa se descompuso y, desde luego, no había dinero para repararla. Le dije a mi hoy difunto padre: “Papá, en la escuela me enseñaron que la energía del Sol es tanto o más poderosa que la del gas o la luz eléctrica, yo creo que podríamos cocinar sin la estufa”. Mi padre me miro sonriendo y salió a la calle a buscar madera y cerillos prestados. Mientras tanto yo ordené a mis hermanos me ayudaran a buscar una caja de cartón y papel aluminio.

Durante la noche forré la caja, y le hice algunos agujeros y una puerta. Al día siguiente era sábado, y esperaba con ansia que saliera el Sol para probar mi primer invento. Al mediodía, le pedí a mi madre un vaso con agua y lo introduje en la caja, ¡en 15 minutos el agua hervía! Preparamos arroz y sopa. Mis padres me alzaban en brazos y presumían la invención con los vecinos. Algunos me pidieron que les hiciera un “horno solar” igual. Vendí diez al final del día y con eso pudimos reparar la estufa (había que tener algo para poder seguir cocinando de noche)

En la escuela me fue siempre bien, fui becado y continúe inventando cosas desde aquel día. A los 15 años se me ocurrió un sistema para que el agua de la regadera no se desperdiciara: el agua que se iba por la coladera del baño se canalizaba a un contenedor desde el cual después podía ser bombeada para usarse en el WC. Este fue también un gran éxito entre los vecinos, al grado tal que se instaló el sistema en todo el edificio por orden del dueño. A los 17 años, cuando comenzaba mis estudios de Ingeniería, fusioné un tostador con una cafetera de forma tal que el calor que tostaba el pan era el mismo que mantenía el café caliente.

A los 22 mi padre me dijo “¡cómo me gustaría poder ir caminando y escuchar mi música favorita mientras recibo los resultados de las carreras de caballos!” Era el año de 1986 y un profesor me había compartido el secreto de como “grabar” música de un LP a un microchip. Haciendo uso de ese secreto, una caja de cerillos, y un pequeño transmisor de radio, le hice a mi padre un aparato que cabía en su bolsillo y que recibía directamente la frecuencia del hipódromo y a la vez dejaba escuchar 10 canciones distintas previamente elegidas y grabadas.

A los 31 fui a estudiar un par de doctorados a Europa. Participé con un grupo de investigadores en la creación de una máquina que re-pavimenta las calles usando como materia prima la basura orgánica y un 35% de polímeros simples. A los 45 regresé a mi país a enterrar a mis padres y hermanos que murieron todos víctimas de un terremoto mientras vacacionaban al sur del país.

Hoy vivo de nuevo en el edificio donde crecí, aquel donde inventé el  modesto “horno solar” para mis padres. Dedico mis días a buscar un método eficaz para predecir terremotos.

Words : Homo Rodans.

Leave a Reply

Please log in using one of these methods to post your comment:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s