El Cobrador de Impuestos

El cobrador de impuestos


Mi nombre es Mateo Reyes y trabajo en la agencia federal encargada del cobro de impuestos. Año tras año, en esta época, me convierto en la persona más feliz del mundo porque es en esta época que el mundo viene a verme. Limpio mi escritorio hasta el último centímetro y saco los adornos de temporada: la foto donde salgo estrechando la mano del gobernador, el pequeño gnomo que me trajo mi hermano de su viaje por Escandinavia, los juguetes inútiles magnéticos cromados insulsos que no sirven para nada y desde luego, la pequeña campana dorada con la que informo a los contribuyentes que pueden pasar a tomar asiento enfrente mío.

Yo se que a nadie le gusta venir aquí pero a mi si me gusta que vengan. En casa no tengo nadie con quien platicar más que mis pantuflas y cada vez tenemos menos temas de conversación. Sin embargo aquí entablo encuentros de lo más interesantes con personas que de otra forma nunca hubiera imaginado conocer.

Aún recuerdo la vez que toqué la campana y en menos de 5 segundos tenía enfrente de mi a la actriz juvenil del momento. No podía siquiera formular el clásico “buenos días ¿en que puedo ayudarle hoy?” cuando ella rompió el tenso silencio y dijo “en diez años de carrera nunca he declarado impuestos y tengo llamado en 2 horas hasta el sur de la ciudad ¿me podrías ayudar a que esto se resuelva lo más pronto posible? estoy dispuesta a hacer lo que sea” Sintiendo que mi alma se iba al suelo y sin poder despegar la mirada de sus enormes y hermosos ojos verdes le dije “Si”. En 30 minutos limpie su expediente y le hice una declaración con saldo blanco. Sólo le pedí a cambio un autógrafo para mi sobrina hospitalizada desde hacía meses. Me dijo “eres una muy buena persona, veme en la puerta de atrás del edificio en 10 minutos”. Así lo hice, su chofer me abrió la puerta trasera del automóvil en el que ella ya se disponía a partir y ahí dentro me dio un póster autografiado, un fajo de billetes y un beso que debió haber durado al menos 15 segundos. Repitió las gracias y se fue.

En otra ocasión llegó un payaso. Literalmente un payaso, con todo y maquillaje, zapatos enormes y  nariz roja rechinante. Con una voz muy ronca, diametralmente opuesta a su apariencia, me dijo: “la vida es una burla y yo sólo voy por ahí adornándola con globos, lástima que estos niños de hoy ya no encuentran diversión en esas cosas. Aquí están todos mis recibos de gastos médicos del año pasado ¿cuanto debo?” Tecleé los números en la computadora y le dije “de hecho no debe nada, tiene un moderado saldo a favor” “Excelente” me respondió, “ya no tenía para comprar cigarros” tomo su comprobante y se fue tosiendo un poco de sangre en un pañuelo multicolor.

Y así por el estilo he conocido arquitectos, políticos, teiboleras, maestros, chefs, tamaleras, ingenieros, buzos reparadores de plataformas petroleras, un medallista olímpico, pilotos de aviones, pilotos de carreras, futbolistas, una mujer que dice haber perdido a sus cinco hijos en la guerra, un guardabosques que perdió un brazo peleando con un oso, un hombre que se hizo rico vendiendo chicles, cinco hermanos que decían que no aguantaban a su madre y se inventaron una historia de que habían muerto en la guerra, un pintor famoso que anteriormente fue limpiabaños, una niña que comenzó una franquicia de donas después de haberlas vendido por años en una vialidad, un inventor que juraba que antes de los reproductores de mp3 el ya había inventado una cajetilla de cigarros que hacía lo mismo y que además daba los resultados de las carreras de caballos….

Por lo pronto hoy, me preparo nuevamente a tocar la campana dorada y esperar con ansia el siguiente encuentro.

Texto: Homo Rodans

Imagen: Orestes Xistos

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