My name is mud – Force Fest 2018

En principio, todo festival suena “bien”. Un pequeño resguardo del hartazgo que nos diluvia cada día en esta vida. ¿Acaso liberar todo el estrés acumulado en un concierto, del género que sea, no es una ocasión gozosa?

En el caso del Force Fest, el gozo fue un pozo ciego. Se anunciaba como un festival con un line-up que le tiraba a la cartera de los metaleros y de los mil y un imbéciles que seguimos escuchando música noventera todos los días. Stone Temple Pilots, Bush y Alice in Chains, en el mismo festival. Eso fue todo lo que necesité para comprar el boleto. Las demás bandas, vaya, Lamb of God, System of a Down, Danzig, Rob Zombie, Steel Panther y Dee Snider eran otros actos que deseaba ver. No escucho su música seguido, pero ansiaba verlos en vivo.

La travesía desde el monstruo gris -Chilangolandia- al Club de Golf Teotihuacán ocurrió con pocos incidentes. Solamente una manta mal hecha nos hizo perder unos minutos, pero el resto del camino fue sin imprevistos. La fila para estacionarse, mucho más tolerable que la vivida en eventos como el Vive Latino, Pearl Jam o el Corona Capital. El primer problema fue el pago del estacionamiento. Force Fest había anunciado un precio de 150 pesos. Cobrar 200 el día del evento fue el primer indicio que esto iba a acabar mal.

 

Una vez estacionados, me asaltó la preocupación que luego se convirtió en realidad: este “campo de golf” será un lodazal en la noche. Nos formamos en la caótica fila de entrada. 23 minutos después, habíamos avanzado a buen ritmo. Hasta aquí, todo bien, pensé. La fila se extendía, daba vuelta, se volvía a extender y volvía a dar vuelta. El sol, insoportable. Los ánimos, por los suelos para algunos, prendiendo la llama de “¡portazo!” a otros. Eventualmente los de seguridad quisieron obligarnos a que las filas estuvieran más cerca una de otra. Esto permitió que la gente se colara. Seguimos en la fila. Empezó a llover. El reloj me hacía entender el tamaño de la bronca. Dos horas y media esperando. ¿Estaba lleno el lugar ya? ¿O era como en aquel Corona Capital 2006, donde el ingreso fue interminable?

La lluvia arreció. La gente ahora entraba a paso veloz. Ya no había nadie revisando ni mochilas ni boletos. La gente de seguridad se había esfumado. Mi acompañante y yo nos empezamos a orientar adentro del “club de golf”, que contaba con una trampa de arena, un arreglo deprimente de food trucks y pocos señalamientos para ubicarte. Nos movimos a buscar el escenario donde tocaba Carcass (?). Estaba vacío. Alguien les gritó “¡hasta Weezer tocó en la tormenta del Corona 2014!” Nos alejamos y en el camino un chico me preguntó “¿es cierto que Lamb of God canceló?” No supe qué responderle, pero temía que era cierto.

Nos quedamos viendo la lluvia, el lodazal y las caras grises de los asistentes. No podríamos culpar a Lamb of God de cancelar. Esto ya pintaba a película de Bergman. Fuimos por algo de comida. La señora que atendía nos mandó a la zona de Cashless para comprar una tarjeta y poder comprar un burrito. La fila fue rápida, pero preguntamos si era necesario usar Cashless también para el pago de la cerveza. La cajera dijo un “no sé” que sonaba más a resignación que a indeferencia.

Mi acompañante es fan del metal, desde el clásico power Británico, hasta el estruendoso metal vegetariano progresivo que aúlla y gruñe en lugar de cantar. Pestilence sería la primera banda que veríamos del día. No es mi escena, pero fue un buen show. Era el último show del bajista y sus fans se despidieron de él con mucho cariño. Un poco de buena vibra en medio del lodazal que ya calaba el calzado.

La lluvia no paró. Bush, o el show de Gavin Rossdale y compañía, soportó con temple. Con una actitud stiff upper lip, dieron un espéctaculo bastante bueno. ‘This is war’, de su disco Black & White Rainbows promete un mejor futuro para la banda. El momento clave fue cuando ‘Glycerine’ pasó de ser una canción acústica a un sing-along con la audiencia. Mentiría si no fue emotivo ver como Rossdale dejó de tocar la guitarra y cantó a capella con todos. Era mi primera vez viéndolos en vivo y no me sentí decepcionado.

Me sigue provocando sentimientos encontrados ver a Stone Temple Pilots en vivo. En el 94 me hubiera desmayado simplemente de verlos. Ahora, después de dos cantantes fallecidos, entiendo que jamás los veré en su esplendor, pero su espectáculo cumplió las expectativas. Jeff Gutt emula mucho a Weiland, pero es un buen frontman. Los hermanos DeLeo y Eric Kretz, precisos, llenos de energía, en perfecta camaradería. ‘Crackerman’, ‘Wicked Garden’, ‘Meadow’ y su versión re-interpretada de ‘Plush’ fueron lo mejor de su set.

Lo que siguió fue una extraña coincidencia. Creo que hasta mórbida. Alice in Chains, otra banda que perdió a un cantante, era el acto que seguía a STP. ‘Check my brain’ empezó su set y ahora es un nuevo clásico. William DuVall  no emula los movimientos ni la voz de Layne, pero encaja muy bien con un Alice in Chains que sigue en una carrera larga. No importa que tengan que recurrir a las viejas confiables como ‘Man in the Box’ o ‘Rooster’, es una banda que merece todo el tiempo que se le regale en el escenario.

System of a Down es un espectáculo imperdible, pero si no les tienes paciencia en disco, mucho menos se los tendrás en vivo. Las acrobacias vocales de Serj Tarkian me siguen asombrando, 18 años después de haberlo escuchado por primera vez en un frío noviembre del 2000. ‘Aerials’, ‘Cigarro’, hasta la muy  pisoteada ‘Toxicity’, pasando por ‘Needles’ y ‘Deer Dance’. El cansancio se desvaneció completamente.

Hasta ahí, el día parecía terminar tablas. La espantosa organización y el clima eran puntos muy en contra. Las bandas y el sonido, grandes aciertos. Pero era la hora de salir y el lodazal que se formó en el estacionamiento se volvió una caótica desbandada de almas perdidas. Marchas quemadas, coches atrapados y gritos de desesperación se mezclaban, creando un monstruo estilo Cronenberg, que nos devoraba el alma. Los empleados de estacionamiento habían desaparecido, no había nadie de seguridad que ayudara a la gente y entre todos nos tuvimos que ayudar. Poniendo pedazos de reja para que los coches tuvieran tracción, empujando y metro por metro, coche por coche, logramos salir. Fueron 90 minutos cardíacos para salir, y el camino de regreso me dio tiempo de pensar.

Pensar en culpas. Pensar en si iba a volver al día siguiente. Pensar en qué demonios estaba pensando al comprar este boleto, si el nombre “Dos Abejas” todavía nos da de qué platicar.

Punto por punto. Vamos.

CULPAS

No se puede culpar a los organizadores por el lodo y por el clima. Sí se les puede culpar del cashless, de la lentitud del acceso, de la poca o nula comunicación con los asistentes, de aumentar el precio del estacionamiento de los 150 anunciados a 200  sin previo aviso. Se le puede achacar haber escogido un lugar qeu no tenía nada para soportar tremenda cantidad de gente y coches. Peor aún, se les puede maldecir hasta el último acorde de que jamás dieron la cara ni se preocuparon por la gente.

Es por esto que no extraña que Danzig, Rob Zombie, Lamb of God, Exodus y otros decidieran cancelar. Si le quedaron mal al público, ¿qué tanta fregadera le habrán hecho a los músicos?

Si hay alguien que sale sin culpa, son los músicos. Gavin Rossdale, STP, Alice in Chains, Pestilence, System of a Down. Las cinco bandas que alcancé a ver no me defraudaron.

¿Y EL DOMINGO?

Costo hundido. Eso es lo que iba a ser el domingo si fuera al concierto. Pagar otra vez gasolina, casetas, comida y el tiempo esperando a que se dignen a permitirnos la entrada ya convertía todo este asunto en algo prohibitivo. Sumándole a eso el cansancio del día anterior, un tobillo lastimado y una infección estomacal -gracias por nada, food trucks- fue mejor quedarse en casa.

DOS ABEJAS RELOADED.

¿Recuerdan cuando Dos Abejas dejó abandonada a la gente después del concierto de Sigur Ros hace diez años? Lo recordamos y deseamos que no volviera a pasar lo que pasó en el Colmena. Esto ya le estaba llegando a los talones. ¿Qué tiene que pasar para que realmente no suceda una y otra vez esta historia de horror?

¿Y AHORA?

Ni idea. Uno quiere pensar que algún día va a haber conciertos bien organizados en México que no sea de aquella empresa que siempre los organiza. Siempre decimos que esto pasa porque no nos quejamos y no nos ponemos las pilas, que en México se pueden hacer las cosas bien. Se dice, pero no veo que pase. Desde colectivos pequeños que abandonan el festival que organizan sin avisar y sin pagarles a las bandas, hasta promotores como estos peleles que organizaron el Force Fest, seguimos aquí, maltratados por nuestra ilusión de querer bandas en vivo en festivales. Tal vez la festivalitis en México ya debería extinguirse. Tal vez, pero siempre habrá pichones que paguen dinero para ver las bandas que no vieron en su juventud. Ahí nos vemos.

 

Sobre el autor

Sam J. Valdés López ya anda hasta el cogote de festivales. Lo verán pronto en el Corona Capital, con el tobillo lastimado otra vez.

 

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2 thoughts on “My name is mud – Force Fest 2018

  1. Sí hay buenas promotoras que no son Ocesa ni gente fraudulenta que lo hace bien y por las razones correctas. Tan sólo el ejemplo de cómo enfrentó Hipnosis condiciones climatológicas similares. Más bien la pregunta es, hasta cuándo los mil y un imbéciles que escuchan música de los noventa se van a poner al día con lo que las promotoras independientes tienen qué ofrefer….

    1. En general me gusta escuchar cosas actuales. Mi error fue creer en un mal promotor. No dije que Ocesa sea los mejores, pero en este caso hubiera sido mejor.
      Lamento no haber ido al Hipnosis. Como dijeron en The Last Crusade: “you chose poorly.”
      La bronca que he visto con muchas promotoras independientes es que son fugaces. Aquí no hubo escena tenía una buena idea, pero su desintegración fue algo triste. Me gusta lo que hacen en el 316 en el centro los de Vyctoria.
      Como todo en la vida, hay valles y crestas. Espero que este valle acabe pronto.

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