Cuento Corto: Tiempo y Marea – Parte 1

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Prólogo

 

¡Cómo cambia la vida en tan poco tiempo!

El tiempo, ah, condenado amigo que te sigue a todas partes y que tarde o temprano te matará.

Recuerdo haber leído hace ya tantos años una frase. No soy afecto a las frases y pienso que toda persona que las cita interminablemente es por hacerse la interesante. Superfluosidades. Efemérides verbales que son demasiado pegajosas como para realmente tener consecuencia y lo suficientemente vanas para ser digeribles hasta por el más insensato.

Pero esta frase, en estos momentos con el cielo gris y esta lluvia tan ligera que parece rocío matutino, vaya, esta frase jamás fue tan útil y tan cierta.

Tiempo y marea no esperan a ninguna persona”.

Los últimos meses han sido locura. Parecía que todo había sido un problema con el edificio.

“Daño estructural por el temblor del 85”, dijo el ingeniero civil que dió su dictamen en la corte.

¡Carape! Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora. Pero los últimos días me han demostrado que no se debe jugar con el tiempo.

La revista de “En Busca de RE:” ha terminado. A unos días de su quinto aniversario, todo terminó. Quizás ya era tiempo. Al final sólo estábamos Ahome, Homo Rodans, Sam y yo. No sabía entonces que había sido de los demás y ahora quisiera no saberlo. Ni siquiera sé si mis colaboradores más cercanos sigan vivos. No los he visto desde que ése día fatídico. La falta de correos me hace esperar lo peor.

Enderezo el coche sobre la carretera. La manera de manejar de este país es un tanto especial y si no me concentro, no sé que pasará. Hace unos días todo parecía tan fácil, la solución era sencilla.

La escopeta seguía envuelta en la capa de gamuza. Su dueño no la necesitará.

Manejar en un día así, en el que el clima hace lo que quiere, te pone en perspectiva. Somos víctimas del capricho de fuerzas ajenas a nosotros. Siempre peones, nunca reyes.

Somos la basura flotando en la marea. Somos el retrato de Dorian Gray, afeándonos con el tiempo.

Concéntrate, Saúl, concéntrate. Debes estar preparado para lo peor. Esta es la salida de la carretera. De aquí al destino son 30 minutos de bosque.

Una parte de mí quiere pensar que mis amigos y colaboradores están bien. Que alcanzaron a huir de esta red siniestra que se tejió y cernió sobre nosotros. Una doble trampa, desde afuera, como un cepo de cazador y desde dentro, como un veneno fatal.

En todos mis años como editor, bromeando con mis colaboradores, poniendo falsos obituarios, es ahora tan oscuro pensar que varios de esos obituarios ahora serán reales.

Ya estoy llegando. Tres meses de perseguir al culpable de esto han llegado a su fin. La lluvia despeja un poco y se vuelve otra vez la brisa con viento que me ha perseguido desde que salí del puerto.

Abandoné el coche en la parte de la carretera bajo el cerro que ya ha sido destruida por el paso del tiempo. Erosionada por el tiempo. Capas de pavimento demuestran la ingenuidad (o inocencia) del hombre, pensando que con múltiples capas de asfalto y grava, esta carretera soportaría la fuerza de la naturaleza. Pero no.

Tiempo y marea. Ese par infernal, haciendo mella en mi cabeza.

Tomo la escopeta y la mochila de lona. Dejo un sobre en el  asiento de pasajeros, con la dirección del papá de Beto. Aunque revisen el interior, no encontrarán mucho, sólo una hoja huérfana con las palabras que Beto jamás quiso volver a ver.

Subo por la montaña o cerro, como quiera que se llame este accidente de la naturaleza, la lluvia empieza a arreciar un poco y pequeños arroyos se van crean por las laderas.

En la cima, veo una figura. Es él. No sé como lo sabe todo antes de que pase, pero siempre parece estar un paso delante de nosotros.

¿Cuál fue el nombre que Parapas le puso? ¿Némesis? ¡Adversario!

Noto que me esta viendo desde la cima, pero no se mueve. El viento y la lluvia parecen no afectarle, aunque este precariamente parado en un risco en la cima. Me sigue esperando.

Pienso por un momento que es una estatua, pero no, los tenues movimientos de la respiración lo delatan.

Termino de subir y mientras mi cuerpo sigue creando dolores, espasmos y ácido láctico, sé que mañana no dolerán.

Porque sé que hoy acaba todo.

Me paro a unos metros de él, levanto la bolsa de lona, ahogada ya en agua de lluvia, con una mano, mientras apunto la escopeta hacia la bolsa con la otra.

“Dame una sola razón” digo casi entre dientes.

Él sólo se voltea sonriendo.

“¿Te dieron mi nombre ya?”

Adversario. Parapas te llamó Adversario”.

“¿Parapas?”

“Era abogado para “En busca de RE. La revista que tú destruiste”.

Mi reclamo fue respondido con una risa fugaz y luego un resoplido.

“Cuéntame” dijo mientras volteaba, dando la espalda al precipicio, “cuéntame cómo destruí la revista y a sus colaboradores. Cada vez se pone disfruto más la historia”.

Noté a lo lejos otro coche deteniéndose tras el mío. Dos personas bajaron, pero no pudo identificarlos.

“¿Y bien? Estoy esperando”.

La lluvia arreció. Pensé los nombres de toda la gente que colaboró para “En busca de RE”. Ahome en el cielo. Las Venusinas. Homo Rodans. Víctima de la gran Lucy de acámbaro. Alexander Von Milhouse. Manolo Vaza. Beto. Sam. Rafa. Ro. Anónimo Vespucio. Parapas Napalas. La Inquisición española. Danny Denny. Rafael Lucas. Nitrito Balbuena Secante. Nadia. Montse Erga.

Todos nuestros estúpidos nombres de pluma, todas nuestras identidades inventadas, todas nuestras falsas esperanzas. En el olvido. Algunos muertos, otros desaparecidos. Al final, estoy sólo y frente a la persona que destruyó la revista que edité.

“¿Quién causó esto?”

Dejé de apuntar la bolsa y ahora le apunté a él. Pensé en jalar el gatillo, pero esperé algo, un discurso, una explicación, lo que sea.

Nada.

La lluvia pasó otra vez a brisa, y a lo lejos, escuché el tañer de una campana de iglesia, acompañada del ruido de las olas rompiendo contra un risco.

Texto y fotos: Sam J. Valdés López

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