La Recepcionista

Cuando tú duermes yo vigilo. Cuando tú comes yo duermo. Soy una especie de vampiro hospitalario (haciendo alusión a la “hospitalidad” y no a los “hospitales” aunque parezca lo mismo) Soy una lámpara que se mueve, una contestadora con alma. Soy la voz que te despierta a petición expresa y la que te recibe con una sonrisa, honesta o fingida, cosa que nunca notarás.

Mi nombre es Rebeca Concepción, y soy la recepcionista del turno nocturno en un hotel que se encuentra justo en medio del desierto. Mucha gente se hospeda aquí porque es el cruce de caminos rumbo a ciudades más importantes. Es mi labor darles la bienvenida y ofrecerles descanso para que reanuden sus viajes a la mañana siguiente.

Hay llamadas de media noche que son muy comunes: “No me sirve el internet”. “¿Me puede mandar más papel de baño?”. “Necesito un antiácido”. “¿Me puede despertar a las 5 a.m.?” “¿A qué hora comienzan a servir el desayuno?”. Pero hay también llamadas poco usuales y son ésas las que son la sal de mi aparentemente insípido empleo.

Una vez sonó el teléfono de la recepción y una voz notablemente alcoholizada me dijo “me enamoré de ti desde que me diste la llave de mi cuarto, sube a pasar la noche conmigo, te llevaré a mi pueblo y nos casaremos en Julio”. “Señor, está usted borracho” le contesté. “No estoy borracho….” dijo, mientras se oía como soltaba el auricular y comenzaba a roncar. A la mañana siguiente, al hacer su registro de salida, el pobre hombre, un trailero, delataba en su semblante los estragos de una noche de juerga. No lo dejamos partir hasta que hubo comido un sendo plato de chilaquiles y descansado de forma adecuada. Ya muchos accidentes han pasado en carretera como para permitir más muertes.

En otra ocasión, una mujer llamó desconsolada “mi esposo acaba de golpearme, llamen a la policía” “¿Donde está su esposo ahora?” le pregunté “tirado en la bañera con la cabeza abierta y sin moverse” respondió. Llegó la policía y al subir al cuarto no encontraron más que a una mujer que lloraba y reía al mismo tiempo. No había esposo alguno. Sufría esquizofrenia.

Llevo años haciendo esto y ya no recuerdo como es la vida de día. All llegar por las mañanas a casa de mi madre ya es costumbre que me diga “hija, que pases buenos días” antes de irme a la cama. Nunca me llevé muy bien con la luz del Sol, al tocarme la piel me la llena de ronchas rojas que arden mucho. Dicen los que me conocen que mi piel es blanca como la de las princesas. Yo digo que es blanca como la Luna. Una vez tuve un romance con un operador de elevador que despidieron cuando automatizaron todo y que según sé, contrataron en un hotel antiguo en la Capital.

“…las serpientes tambien saben recitar…”

Words: César (@HomoRodans)

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