Nube Fénix – Nimbus

“Dijeron que se colapsó como la Atlántida”, narraba Doña Imelda, mientras se abanicaba inútilmente. ¿No notaba que el aire acondicionado de la iglesia de la Santa Cruz era suficiente para vencer esta canícula?

2032. Nunca pensamos que llegaríamos tan lejos. Crecimos en un tiempo donde todo debía haber acabado con dos gigantes fantoches apretando botones al mismo tiempo. Pero lo logramos. Las voces que grabábamos en esas cintas magnéticas se hallan carcomidas por el paso del tiempo. El sol brilla como nunca afuera, casi cegándome. No sé por qué evito ver el ataúd…

Lo pasajero de la vida. El sin sentido de nuestra labor diaria. ¿Para qué? Un coche último modelo será la chatarra carcomida por esta atmósfea ácrida. Esa podadora que empujamos para que el pasto vuelva a crecer en menos de lo que canta un gallo. Esa ropa que usamos, presumimos y luego descartamos. ¿Cuándo fue que nuestra memoria de la evolución llegó a un estancamiento total? Mi reloj vibra. Saco dos píldoras del pastillero y la misa se me pasa rápido. Todo el mundo se tomó su dosis al mismo tiempo. Parece no afectarles como a mí.

No tengo memoria del resto del día. Creo que lo comprendieron bien. Teníamos historia, tal vez no la mejor, pero aún así le estimaba. El día después del funeral, me despierto en la pequeña alcoba que mi amigo Jefricks me prestó. Hace décadas era nuestro cuarto de prácticas y el único lugar donde podíamos jugar Commodore 64. Ahora es el lugar donde los recuerdos de cualquier día, sea el primer día o el último, quedan atrapados y olvidados. Una vieja canción post punk ronda mi cabeza mientras me abrocho la camisa. ¿Qué habrá sido de todos esos demos que hicimos?

Jefricks esta en la cocina, lanzando una pelota rebotadora que me saca de concentración. Su cara está borrosa, y por unos momentos, la distancia entre él y yo se acorta y se expande. Todo cambia después de que tomamos la dosis de Palax.

“¿Dormiste bien?”

“El tren de medianoche me arruinó la noche. Aunque esa pelota está siendo más molesta”.

“Pecado menor. ¿Comida, bro?”

Siempre ha cocinado bien mi compadre. No le he querido preguntar sobre su próxima boda, no creo que sea conveniente mencionar el tema, sobretodo porque ya es su cuarta boda. Se encuentra jugando con unos VST en su computadora. Yo me ocupo en que mis choco bombones maizoro dejen de tratar de huír de mi tazón. Ah, mi implacable cuchara los mantiene derrotados. ¡Temed mi venganza convexa mientras mi retribución cóncava los conduce a la perdición!

Me despido de mi camarada y camino por el viejo barrio. El calor sigue siendo perfecto para rostizar pollos y la humedad de esta ciudad no perdona a ninguna estructura. Veo la vieja casa del árbol que construimos hace tantas vidas. Es ahora un montón de madera podrida, sumergida en un mar de enredaderas y coléopteros psicodélicos. Quisiera tocar un exorbitante solo de guitarra, pero vendí la mía hace tantos años. Simplemente se desvaneció, como la Atlántida.

Mi reloj suena. Otra vez dosis. ¿Y si no me la tomo? Las dos píldoras me tientan y en un momento de lucidez (o rebeldía), decido dejarlas caer al suelo. No pasan más de dos minutos cuando dos pequeños chaneques se las roban. Gracias, amiguitos. No se las chuten de un tiro.

Un carro se detiene a mi lado. Es un viejo Renault 18, como el de…

“¿Qué pasa, mi amigo?”

Nunca me subo al coche de un extraño, pero es día de hacer locuras. ¿Qué más puede pasar? En cualquier momento me puedo colapsar como mi amigo o dispersarme como una nube pasajera. Conducimos por un largo rato. Paseamos por donde vendían las tortas de la barda. Un tráfico espantoso nos hace perder media hora frente a la papelería de la 1ro de Mayo, donde decían que espantaban. El señor siguió manejando, escuchando una música guapachosa. Un rato después, estábamos donde me recogió.

“Es malo no tomarse su dosis, caballero” me dice el hombre del coche, mientras que el oso panda de peluche que cuelga de su retrovisor me hablaba en Arameo. Yo quería contestarle al oso, pero el hombre levantó el tono de su voz. “Debería saberlo. Tiene suerte que el escuadrón Pi libra esta batalla sempiterna con los saltarines y no con un vainilla como usted.  Vamos, tómese sus píldoras. No duelen.”

Él abre la guantera y tiene una galaxia de chochos multicolores. Sé cuál debo tomar, pero… ¿por qué?

Su sonrisa se desdibuja y empieza a gritarme palabrotas en diferentes conjugaciones que no repetiré aquí. Simplemente torno mi vista hacia la calle, fijo la mirada en una acera y en un abrir y cerrar de ojos, aparezco sentado en ella. Vaya, funcionó. Lo sé porque el hombre del coche se baja estrepitosamente, hablando por un celular. Veo la vieja casa del árbol. ¿Funcionará?

Claro. Y ahora la estructura se colapsa. Me concentro en el cielo y aparezco a varias decenas de metros en el aire, cayendo ligeramente. Puedo controlar mi caída concentrándome en distancias cortas, apareciendo y desapareciendo. Me acuerdo que los tres podíamos hacerlo con lugares que recordábamos con suficiente fervor. ¿El malecón? Ese olor a pescado muerto, aire salino y chapopote. Vamos, concéntrate.

Oh. Aquí estoy, en la playa, viendo el mar que alguna vez disfrutamos, pero que ahora es un mortal veneno para todos nosotros. El aire mismo me parece asfixiante, pero sí he de morir en algún lado, que sea aquí, donde el estremecedor arrullo del mar se mezcla con los espectrales cantos de los ya extintos delfines. Sí, camino solo por esta escollera, en un día fuera del tiempo. Mientras más me acerco al final del muelle, más pierdo mi definición. Cerca del punto de fuga, todos perdemos color y forma; nuestros elementos se contraen y nos volvemos un simple punto negro en la distancia.

Un ruido a lo lejos me hace voltear. Camiones de policías y agentes con armaduras especiales se acercan aceleradamente. Están ya sobre el muelle, corriendo urgentemente a detenerme. Algunos de ellos seguramente pensarán que es imposible que yo me acerque tanto a “La Fuente” sin protección. Les regalo una última sonrisa y en un abrir y cerrar de ojos, aparezco detrás de ellos. Creen que me he desvanecido, que me he vuelto el fuego dentro de algo más, pero no, sólo los he engañado. Corren a su destino, el olvido, mientras que yo me sacudo los brazos y camino de regreso a la ciudad, pensando si mis congéneres finalmente están despertando del trance, mirando a esos cumulonimbos que se forman sobre la ciudad. Amigos, ya pronto emprenderemos el viaje de regreso…

Suggested tracks: Pi, Un tren a medianoche, Punto de fuga, Día fuera del tiempo, Nimbus.

Words: Sam J. Valdés López

Nube Fenix Bandcamp. FacebookMyspace.

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